BLOG _ ROB

La herida de la injusticia

¿Alguna vez te has sentido tratado de forma injusta?

¿Has tenido la sensación de que dabas lo mejor de ti y aun así no era suficiente?

¿Te exigieron más de lo que podías sostener en ese momento de tu vida?

La injusticia deja una marca profunda, sobre todo cuando aparece en la infancia. No siempre tiene forma de gritos o castigos. A veces es más sutil: comparaciones constantes, expectativas imposibles, frialdad emocional, favoritismos que no se explican. El mensaje que queda grabado es simple y devastador: “no soy suficiente tal como soy”.

Cuando un niño crece sintiendo que siempre tiene que demostrar, que nunca alcanza, que otros son más valorados que él, se abre una herida silenciosa. No es una etiqueta clínica ni un diagnóstico psicológico, sino una forma de nombrar un dolor emocional real. Un dolor que se aprende a esconder.

Desde muy pequeños, muchos niños desarrollan mecanismos de protección. Aprenden a no mostrar lo que sienten, a endurecerse por dentro, a aparentar que todo está bien. Esa rigidez no es fortaleza, es supervivencia. Es la manera que encuentran para no volver a sentir el rechazo, la desaprobación o la distancia emocional.

Esta herida suele gestarse en contextos donde hay comparaciones constantes, exigencias desmedidas, poco reconocimiento del esfuerzo o una sensación persistente de no ser visto. No hace falta mala intención. A veces basta con adultos que también cargan sus propias heridas y no saben hacerlo de otra forma.

Con el tiempo, ese niño se convierte en un adulto que puede mostrarse muy exigente consigo mismo y con los demás. Quizá necesite tenerlo todo bajo control. Tal vez le cueste aceptar opiniones distintas, delegar o mostrarse vulnerable. Puede aparecer el perfeccionismo, la autoexigencia extrema, la desconfianza, la dificultad para reconocer los propios logros o una autoestima frágil que se esconde detrás de una apariencia fuerte.

¿Te reconoces en algo de esto?

¿Sientes que nunca es suficiente lo que haces?

¿Te cuesta pedir ayuda o mostrar lo que de verdad te duele?

Nada de esto define a una persona por sí solo. No son pruebas, ni etiquetas cerradas. Pero cuando varios de estos rasgos se repiten, pueden estar señalando una historia de injusticias no nombradas.

Lo importante es entender algo esencial: esta herida no habla de debilidad. Habla de adaptación. De cómo aprendiste a protegerte cuando no te sentiste cuidado, escuchado o valorado.

¿Cómo empezar a sanar la herida de la injusticia?

Sanar no es olvidar ni justificar lo que ocurrió. Sanar es dejar de cargarlo solo.

El primer paso es reconocer el dolor sin minimizarlo. Aceptar que algo dolió, que fue injusto para ti, aunque otros no lo vean así. No se trata de quedarte anclado en el pasado, sino de mirarlo con honestidad y compasión.

Liberar la culpa también es fundamental. Muchas personas siguen responsabilizándose por lo que vivieron de niños. Soltar la culpa no significa excusar a nadie, sino dejar de castigarte por algo que no estaba en tus manos.

Crear vínculos más sanos es otro paso clave. Relaciones donde no tengas que demostrar nada, donde puedas equivocarte, descansar, ser humano. Para eso, primero hay que aprender a tratarse con más amabilidad, bajar la exigencia interna y aceptar que no tienes que ser perfecto para ser valioso.

Y, sobre todo, volver al presente. La herida se mantiene viva cuando todo se mira desde el pasado. Agradecer lo que hoy sí está, disfrutar los pequeños momentos, conectar con lo que te hace bien, ayuda a aflojar la rigidez y a recuperar el contacto contigo.

No ignores esta herida esperando que desaparezca sola. Cuando no se atiende, suele reaparecer una y otra vez en forma de conflictos, ansiedad, cansancio emocional o relaciones que duelen.

Buscar acompañamiento psicológico no es un signo de fragilidad, sino de cuidado. En terapia se aprende a validar la propia historia, a quitar poco a poco la coraza, a reconocerse digno de respeto y de afecto. Permitirse ser vulnerable no te rompe: te libera.

Porque sanar la herida de la injusticia no es volverte blando.

Es dejar de vivir a la defensiva.

Es caminar más ligero, sin el peso de tener que demostrar quién eres para merecer amor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *