Cuando alguien carga con la culpa de todos.

(Imagen generada por Germini.)
“El chivo expiatorio” no es un término clínico, no aparece en el DSM ni en ningún manual diagnóstico, pero en psicología lo usamos igual porque describe algo muy concreto: en algunas relaciones, una persona termina cargando con una culpa que no le corresponde entera, mientras la otra evita mirar su propia responsabilidad.
Pasa en parejas, entre hermanos, entre padre e hijo. Una de las dos personas desvía la atención de algo incómodo, un error propio, algo de lo que no quiere hacerse cargo, proyectándolo sobre la otra. Y esa otra persona empieza a cargar con etiquetas del tipo “la conflictiva” o “la que siempre arma líos”. Aunque hay que decir algo aquí: no toda etiqueta es injusta. Hay gente que genera conflicto de forma real y repetida, y describirlo así no es acusar a nadie de nada, es nombrar un hecho.
Lo que distingue al chivo expiatorio es otra cosa; la etiqueta se usa para no tener que examinar lo que hace la otra parte, y se mantiene incluso cuando los hechos ya no la sostienen. Casi nunca hay una intención consciente detrás. Es más bien un mecanismo de defensa: culpar al otro suele doler menos que revisar la propia conducta.
Un caso típico. Una pareja, o una relación entre madre e hija, con un patrón de conflicto que se repite. Hay dos versiones de lo que pasó. Una persona cuenta su experiencia con calma y encaja con la imagen que ya se tiene de ella. La otra cuenta algo distinto, quizás con más emoción, quizás señalando algo que la primera prefiere no ver. Con el tiempo se instala la idea de que la segunda “siempre exagera”, y a partir de ahí cualquier cosa que diga se lee desde la sospecha antes que desde la escucha.
Aunque también puede ser justo al revés: la persona que suena calmada puede ser quien evita hacerse cargo, y la que se altera puede estar reaccionando a algo real. El tono con el que alguien cuenta algo no dice nada sobre si tiene razón, y pensar que la versión más tranquila es la más fiable ya es un sesgo de entrada, no un criterio.
Hay un nombre clínico para algo parecido a esto, “paciente identificado”, que algunos terapeutas familiares usan para describir a la persona sobre la que una familia deposita el síntoma de un problema compartido.
Lo digo con cautela: es una etiqueta clínica útil para pensar un caso; salió de la observación de terapeutas trabajando con familias enteras, no de un experimento que probara que el mecanismo funciona así. Y se pensó para grupos de tres o más personas, no para una pareja, así que aplicarlo tal cual a una relación de dos ya es estirar la idea. Ayuda a nombrar el patrón. No prueba nada por sí solo.
Cuando el patrón sí se sostiene en el tiempo, tiene consecuencias reales. La persona empieza a dudar de su propia percepción porque quien tiene al lado le devuelve, una y otra vez, una versión distinta de los hechos. Se acostumbra a justificarse antes de hablar y, con el tiempo, muchas veces termina creyéndose la etiqueta aunque los hechos digan otra cosa.
Y aquí hay un problema práctico incómodo con todo este concepto: si la persona acepta la etiqueta, eso “confirma” que es así; si la rechaza y se defiende, también se lee como prueba de que es así. Un razonamiento que no se puede refutar con ningún dato no sirve para diagnosticar a nadie, ni al otro ni a uno mismo. Sirve, como mucho, para nombrar un patrón después de observarlo con calma durante un tiempo, no para lanzarlo en medio de una discusión.
Que la persona señalada se defienda mejor no suele cambiar nada, porque cualquier defensa termina reinterpretándose a favor de la etiqueta. Lo que sí puede funcionar es dejar de discutir el contenido de la etiqueta y nombrar el patrón directamente: “Llevamos años en que cualquier cosa que tú digas se lee igual, pase lo que pase”. Y buscar a alguien externo, un terapeuta, alguien fuera del vínculo, que no dependa de ninguna de las dos versiones para juzgar.
Yo ya pasé por esta experiencia y preferí el silencio; la realidad es que siempre habrá alguien dispuesto a convertirte en el sacrificio perfecto; el problema es que la persona que hace esto de manera consciente o inconsciente no percibe que está creando una falsa imagen a otros de quién eres realmente. Recuerda, esto expresa más quién ella es que quién realmente tú eres; en el juego de la ruleta rusa de la falsedad, a una hora u otra la bala tocará al manipulador.