BLOG _ ROB

Pensamiento crítico y alfabetización mediática

Eruditos del odio: cuando el exceso de títulos no nos libra de la crueldad

Dicen que el conocimiento es poder. Pero, a veces, se nos olvida hacer la pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando ese poder se utiliza para manipular?

Solemos cometer el error de asociar la formación académica con la inteligencia emocional o con la bondad. Damos por hecho que quien lee mucho, estudia durante años y acumula títulos universitarios está protegido contra la mezquindad. Sin embargo, la realidad choca de frente con una paradoja escalofriante: ¿cómo es posible que alguien dedique su vida entera a estudiar… para terminar adoptando una ideología fascista?

Esta desconexión entre la erudición y la ética nos invita a mirar hacia uno de los rincones más oscuros de nuestra sociedad: la falsa promesa de protección que venden los discursos de odio y cómo estos se entrelazan de forma silenciosa, pero letal, con el capacitismo.

La falsa ilusión de que el odio «protege» a los nuestros

Hoy en día es fácil escuchar discursos como la famosa teoría del reemplazo, que se presentan bajo el disfraz de la defensa y el cuidado. Nos venden la idea de que buscan proteger a una supuesta población idealizada.

Sin embargo, cuando rascas un poco la superficie de los movimientos supremacistas o ultrarradicales, descubres una verdad aplastante: en el fondo, no les importan las personas.

Aunque un individuo cumpla a rajatabla con todos los requisitos étnicos o culturales que estos grupos exigen, si presenta alguna diferencia, deja de encajar en su engranaje. Y la historia ya nos ha dado lecciones muy dolorosas sobre esto.

El precedente que preferimos olvidar: del papel a la realidad

Las ideologías basadas en la pureza nunca inventan nada nuevo; simplemente reciclan sus propios horrores. El ejemplo más trágico lo encontramos en el nazismo, el espejo en el que inevitablemente se miran los extremismos actuales.

Antes y durante el Holocausto, el régimen nazi puso en marcha la Aktion T4, un programa sistemático de eutanasia y esterilización forzosa. ¿Quiénes fueron las primeras víctimas mortales directas? No fueron las minorías étnicas; fueron los niños y adultos con discapacidades físicas e intelectuales, tachados fríamente de ser una «carga para la nación».

La historia nos demuestra que la obsesión por la pureza siempre empieza recortando el valor de los más vulnerables.

Cuando el valor de una vida se mide por su utilidad

Las narrativas de ultraderecha evalúan a las personas a través de un prisma estrictamente utilitario: cuánto producen, cuánto aportan al sistema o cuán «fuertes» se muestran.

Desde esa mirada obsesionada con la perfección, cualquier persona con discapacidad es vista como un eslabón roto. Aquí es donde el racismo y el capacitismo se dan la mano: al final, responden al mismo mecanismo jerárquico que decide qué vidas merecen ser vividas, cuidadas y respetadas, y cuáles pueden ser descartadas.

Y cuando los tiempos se complican —cuando hay crisis económicas, colapsos sanitarios o miedo al futuro—, estos discursos necesitan chivos expiatorios. Es entonces cuando los recursos públicos destinados a la inclusión, la dependencia o la salud mental se convierten en los primeros en ser cuestionados bajo el falso pretexto de que «los recursos son solo para los sanos».

La educación como puente, no como adorno

Desde la psicopedagogía y la educación social, esta realidad nos deja una enseñanza urgente: la lucha contra el odio no se puede fragmentar. El racismo y el capacitismo beben de exactamente la misma fuente: la negativa a aceptar que la diversidad es la esencia misma de lo humano.

De nada sirve llenar las aulas de mentes brillantes si educamos cabezas vacías de empatía. La erudición, cuando se disocia de la ética, solo sirve para sofisticar la crueldad y justificar lo injustificable.

Al final, recordar que la dignidad de una persona es intrínseca y que no depende de su origen, de su productividad económica ni de cómo funcione su cuerpo o su mente debería ser el verdadero propósito de cualquier proceso formativo que aspire a llamarse humano.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *