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El racismo socioeconómico

El otro día me llamó un amigo para contarme algo que le pasó y me dejó pensando. Estaba sentado en una cafetería con su pareja, tranquilo, y sacó su MacBook para avanzar un rato con el trabajo. En un momento dado, se dio cuenta de que una señora en la mesa de al lado no le quitaba los ojos de encima. Pero no una mirada disimulada, no; de esas que te escanean de arriba abajo con desprecio. Al segundo, se inclinó hacia su hija y le soltó algo al oído sin dejar de mirarlo. Me contaba que la sensación era incómoda, porque sabes perfectamente lo que pasa por la cabeza de esa gente.

Y es que me hizo reflexionar sobre algo muy injusto que las personas racializadas sufren todos los días: parece que no tienen derecho a tener nada. O peor aún, que la sociedad no tolera verlas en sitios que no sean los de la precariedad o la invisibilidad. Si una persona blanca saca un ordenador caro en una cafetería, nadie parpadea; es lo normal, el fruto de su esfuerzo. Pero si es una persona negra, en la cabeza de muchos hace clic un prejuicio automático.

Existe una idea absurda y rancia de que ellos no llegan a las cosas por mérito propio. Si tienen algo de valor, conducen un buen coche o simplemente están con un portátil moderno en un sitio agradable, enseguida se activan las sospechas. Piensan que ha sido por una ayuda, por caridad o por algo turbio, porque su mente ni siquiera contempla que una persona negra pueda estudiar, currar duro y prosperar por sí misma. Es una falta de respeto brutal y una violencia silenciosa tremenda. Les niegan hasta lo más básico: poder disfrutar del fruto de su trabajo en paz, sin tener que aguantar miradas que les digan que están «fuera de lugar». Ya va siendo hora de que entiendan que el éxito, la comodidad y el esfuerzo no tienen color de piel

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