
Empecé a interesarme por la perversidad humana cuando pasé por una de esas experiencias que te marcan profundamente y te obligan a replantearte qué es la bondad. Lo peor es darte cuenta de lo que bien describe la psiquiatría en obras como El acoso moral: la mayoría de las personas que van por la vida presumiendo de buenas son, en realidad, las más perversas. Claro que me preguntarás: ¿de qué tipo de perversidad hablas? De esa que muchas veces resulta invisible, que no hace ruido, que no grita al viento; la que actúa bajo una fachada de falsa inocencia y necesita convencer a todo el mundo de que el cruel, en realidad, eres tú.
Rechazo profundamente las etiquetas simplistas que nos imponen para dictaminar de antemano quién es bueno y quién es malo.
Todo suele empezar con una trampa perfecta: una fase de idealización y encanto donde te hacen creer que has encontrado a alguien excepcional, para luego dejar caer la máscara y someterte a una devaluación silenciosa. Normalmente, las personas perversas operan amparadas en una amabilidad superficial y una gran perspicacia.
Nada de lo que hacen nace del amor genuino; siempre hay una especulación o un interés oculto detrás. Aunque se creen sumamente listas, en el día a día es muy fácil cruzarse con este perfil: desde quien te llama y te «vende la moto» con gestos afectuosos y promesas vacías para terminar estafándote, hasta quien te convence de un amor incondicional mientras mantiene una doble vida. De los distintos tipos de perversidad, la activa te mantiene alerta y prevenido; sin embargo, la perversidad pasiva resulta devastadora porque actúa de manera solapada.
Todos cargamos con nuestra propia historia, traumas y heridas, pero el verdadero peligro radica en que estos manipuladores se apropian del papel de víctimas. Tal como señala el estudio del acoso moral, la peor variante es aquella que utiliza el sarcasmo, la descalificación sutil y la burla para anular al otro, logrando que la culpa recaiga siempre sobre la persona agredida mientras ellos se ponen el manto de la indefensión ante los demás.
Lo más desgastante de todo este proceso es la disonancia cognitiva a la que te arrastran: tu intuición te grita que algo va mal, pero sus palabras y sus justificaciones logran que termines dudando de tu propio juicio y de tu propia cordura.
Todo esto me obligó a realizar un profundo aprendizaje para romper con uno de los sentimientos más aprisionadores de mi vida: la dependencia de la mirada ajena, del qué dirán y de cómo era visto por los demás.
Para ilustrarlo, recuerdo a una persona con la que apenas mantenía relación, pero que utilizaba el vínculo como una herramienta de poder y superioridad. Es el clásico perfil que, actúe como actúe, cuenta con la seguridad ciega de que su círculo siempre la defenderá incondicionalmente.
Lo más doloroso no es solo el daño que te infligen en privado, sino ver cómo su entorno, seducido y manipulado por su misma versión de los hechos, se convierte en un coro de jueces que avala la injusticia y completa el aislamiento. Al final, este tipo de personalidades buscan la aniquilación psicológica del otro mediante la difamación. Y lo más cínico es que, cuando todo se descubre, se hacen las sorprendidas o fingen equívocos, demostrando que su único objetivo era moldear al otro a su capricho y exigirle que fuera exactamente como ellas dictaban.
Cuando escribí libros como Ápate e Hibris moral, mi objetivo era analizar y comprender estas dinámicas tóxicas y superficiales. Al final, te das cuenta de que este tipo de personas actúan como un circo: si dejas de prestarle atención al payaso, inmediatamente pierden todo su poder. Superar estas dinámicas no se logra buscando venganza ni intentando que entiendan su error, sino comprendiendo que el verdadero triunfo consiste en recuperar la soberanía sobre tu propia vida, soltar el juicio ajeno y aprender a habitar un espacio de paz donde su manipulación ya no tiene cabida.