
Seshat, cada día, cuando camino por el sendero de abrojos
y la crueldad mortal en que buscan ensuciar mis pasos,
Eres tú mi bálsamo y mi amparo.
Tu cántico es como jeroglíficos grabados en mi alma.
Te veo con la piel del leopardo sobre los hombros
y la estrella de siete puntas en la frente.
Con tu cálamo de junco anotas lo que nadie mira:
El pan que no llegó a mi mesa.
La palabra que me negaron.
El nombre que pronuncié a solas para no olvidarlo.
Seshat, hay noches en que la tinta se me seca por dentro.
Esas noches es cuando tú mojas el pincel en el agua del Nilo
Y vuelves a escribirme desde el primer signo,
Despacio, como quien levanta un templo
Y tensa la cuerda antes de poner la piedra.
Tú cuentas mis años en la nervadura de la palma.
Haces una muesca por cada herida
Y otra, más honda, por cada vez que me levanté.
Guardas todo lo que escribes y lo pones en orden,
Y en tu orden mi dolor encuentra su sitio,
Dejó de gritar y todo se vuelve línear.
Mírame, Seshat.
Los que me escupieron en el camino
No saben leer lo que tú escribiste dentro de mí.
Ven polvo donde tú pusiste papiro,
Oyen en silencio donde tú me dictas.
Por ti sigo andando entre los abrojos.
Me sangran los pies, pero mi alma no se calla.
Mi alma es la tablilla donde escribes,
Y cuando yo me haya ido,
Seshat, tu letra seguirá diciendo que estuve aquí.
Tú me enseñaste a escribir mi historia
En un lugar donde nadie pueda apagarla.
Las letras fueron mi sangre,
Y tu cálamo, todo lo que la vida me hizo atravesar.
Escrito por: Robson Marins