La vida que no es mía

Estoy finalizando un máster en filosofía que estoy disfrutando muchísimo. Este programa nos exige desarrollar no solo la capacidad crítica, sino también la habilidad de argumentar de manera original y justificada, evitando limitarnos a simples opiniones personales. En la última actividad, que consiste en la elaboración de un ensayo, he tenido la oportunidad de descubrir a varios filósofos que desconocía por completo. Lamentablemente, hoy en día parece que para demostrar conocimiento en filosofía basta con citar a Platón o a filósofos nietzscheanos, como si no existiera un universo mucho más amplio de pensamiento.
El tema propuesto para nuestro ensayo es “La crisis de la existencia”, y a partir de él he formulado las siguientes preguntas.
¿Tú a veces crees que vives?
La pregunta no aparece como un gesto dramático, sino como una inquietud silenciosa, casi cotidiana. Surge cuando la vida parece avanzar sola, siguiendo ritmos ya dados: levantarse, cumplir, rendir, avanzar. Todo funciona, y sin embargo algo no termina de encajar. Al final del día, sin grandes palabras, queda flotando una sensación difícil de nombrar: ¿para qué todo esto?
Esta experiencia no remite únicamente a un malestar individual. Más bien señala una forma de vida compartida, una manera dominante de entender qué significa existir. Vivir parece haberse convertido en una prueba permanente de funcionalidad: ser autónomo, productivo, coherente, emocionalmente estable. Como si la vida tuviera que justificarse a través del rendimiento constante. Pensado así, no resulta extraño que vivir y funcionar hayan acabado confundiéndose.
Desde este punto, la crítica que Rosi Braidotti dirige al sujeto humanista adquiere una resonancia particular. El ideal del sujeto racional, autosuficiente y universal no se presenta solo como una figura histórica del pensamiento moderno, sino como una norma que sigue organizando la vida cotidiana. No tanto como una elección consciente, sino como una exigencia implícita: sostenerse sin depender, responder sin detenerse, adaptarse incluso cuando las condiciones son precarias y profundamente interdependientes.
Quizá parte del malestar contemporáneo tenga que ver con la dificultad de habitar ese modelo. No porque las personas fallen, sino porque el marco mismo deja fuera dimensiones fundamentales de la existencia: la vulnerabilidad, el cansancio, la necesidad de otros, la fragilidad compartida. Aquello que no encaja en el ideal de autosuficiencia suele vivirse como déficit personal, cuando en realidad señala los límites del modelo que se intenta sostener.
Desde esta perspectiva, vivir no consistiría en conservar la vida tal como está, sino en ponerla en juego. No como destrucción, sino como desafío: negarse a reducir la existencia a mera adaptación. Cuando una vida se vuelve imposible, tal vez no esté rota desde fuera, sino forzada a funcionar en condiciones que la vacían de sentido. En ese punto, una vida que no encaja deja de ser solo un fracaso y puede convertirse en una interrupción.
Una vida que deja de funcionar para la movilización constante, para la exigencia de rendimiento continuo, resulta incómoda. Pero precisamente por eso puede abrir algo distinto. No produce, no optimiza, no garantiza resultados; sin embargo, introduce una fisura. Y en esa fisura aparece la posibilidad de otro tiempo, de otra relación, de un mundo compartido.
Desde aquí, la salud mental ya no puede entenderse únicamente como equilibrio emocional o buen funcionamiento. Aparece más bien como la capacidad de volver a habitar la existencia con atención: escuchar lo que duele sin huir, sostener el no saber sin resolverlo de inmediato, aceptar que vivir implica exposición y dependencia mutua.
El sentido, entonces, no se presenta como una meta futura, sino como una relación viva con el presente y con los otros.
No hay una conclusión cerrada. Pero quizá, en un tiempo marcado por el agotamiento, una vida que se atreve a no funcionar del todo sea capaz de encender algo. No como promesa, sino como gesto. Algo pequeño, pero suficiente para recordar que vivir no es lo mismo que funcionar.