
Hace poco, mientras veía las noticias, me encontré con algo que me dejó pensando. En Minneapolis, durante un operativo de control migratorio realizado por agentes del ICE, unas personas empezaron a grabar el momento exacto en el que un agente disparó y mató a una mujer.
Ella, aparentemente asustada, intentó mover su coche después de que le ordenaran detenerse. Es fácil imaginar el miedo que pudo sentir en ese instante, especialmente en un contexto donde el simple contacto con las autoridades puede significar la deportación. El video fue grabado por personas que estaban allí y que no podían creer lo que estaban viendo, y se difundió rápidamente, provocando indignación y muchas preguntas sobre si ese nivel de fuerza era realmente necesario.
La mujer se llamaba Renee Nicole Good, tenía 37 años y era ciudadana estadounidense. Según la prensa y las personas que la conocían, no tenía antecedentes violentos ni representaba un peligro. Quienes vieron las imágenes coinciden en que, en ningún momento, ella parecía una amenaza real cuando el agente decidió disparar.
Desde el Departamento de Seguridad Nacional se dijo que el agente actuó en “defensa propia”, argumentando que la mujer habría intentado usar su vehículo como un arma. Sin embargo, autoridades locales y funcionarios de la ciudad, después de ver el video, afirmaron que esa explicación no coincide con lo que muestran las imágenes y calificaron el hecho como un uso excesivo de la fuerza.
La agresividad contra la comunidad migrante en Estados Unidos no es algo nuevo. A lo largo de su historia, el país ha pasado una y otra vez de discursos de bienvenida a políticas de exclusión. Mientras leía Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal, de Hannah Arendt, empecé a formular de manera inquietante lo que está ocurriendo.
Arendt explica que los peores crímenes no siempre son cometidos por personas crueles o “monstruosas”, sino por gente común que se ve a sí misma como correcta y responsable. La inhumanidad, dice ella, muchas veces nace de la indiferencia, de seguir órdenes sin cuestionarlas y de dejar de pensar en las consecuencias de los propios actos.
Durante el juicio, Arendt esperaba encontrarse con un fanático lleno de odio. En cambio, vio a Adolf Eichmann como un hombre común, casi gris, que no parecía impulsado por un odio personal, sino por su deseo de cumplir con su trabajo. Una frase suya quedó grabada para siempre:
—Yo solo cumplía órdenes.
No se trata de equiparar contextos históricos ni de igualar responsabilidades, sino de reconocer un mecanismo moral recurrente: la renuncia al juicio ético personal cuando la obediencia se convierte en refugio.
Esa idea resulta inquietantemente familiar hoy. Es inevitable preguntarse cuántos agentes del ICE actúan bajo esa misma lógica: cumplir órdenes sin detenerse a pensar si lo que hacen es justo o humano. No es lo mismo proteger a un país de amenazas reales que perseguir y destruir la vida de otras personas en nombre de una idea de nación “pura” o excluyente. Ese tipo de pensamiento ya lo hemos visto antes en la historia, con consecuencias devastadoras.
Por eso resulta tan contradictorio que en un país donde se fundó la Organización de las Naciones Unidas se normalicen el odio, la discriminación y el abuso de poder contra comunidades marginadas. Cuando la violencia se vuelve rutina y la injusticia se justifica como parte del trabajo, la banalidad del mal deja de ser solo un concepto del pasado y se convierte en una advertencia muy real para nuestro presente.