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Cuando el trauma activa falsas alarmas

Durante mucho tiempo, viví como si tuviera un detector de humo interno que parecía estar siempre activado. Tal vez te suene familiar: esa sensación constante de que algo va mal, de que alguien tiene una mala intención, de que el peligro está justo a la vuelta de la esquina.

El problema no era que el detector estuviera roto, sino que el trauma lo había sensibilizado tanto que empezaba a sonar con cada pequeño movimiento a mi alrededor. Aprendí, con el tiempo y no sin tropiezos, que aunque ese «sistema de alarma» me había salvado en momentos difíciles, también podía sabotear mis relaciones más valiosas.

Me costaba distinguir entre una crítica constructiva y una agresión, entre una mirada distraída y un rechazo personal, entre una discusión cotidiana y un abandono inminente. Y es que el trauma, aunque ya haya pasado, deja una especie de eco en el cuerpo y en la mente. Ese eco, en muchas ocasiones, me hacía interpretar como peligroso algo que en realidad era seguro.

Me convertía en un ser hiper vigilante, siempre pendiente de señales, gestos, tonos de voz… como si mi vida dependiera de ello. Y en cierto modo, así lo había sentido alguna vez. Pero en la vida adulta, cuando intentamos llevarnos bien con los demás, construir relaciones sanas y trabajar en equipo, ese detector de humo sobrecargado puede volverse un obstáculo.

Porque para funcionar bien en cualquier entorno ya sea un trabajo estresante o un hogar lleno de niños correteando necesitamos algo fundamental: interpretar con precisión las emociones e intenciones de los demás.Una palabra malentendida, una expresión facial interpretada desde la herida y no desde la realidad, puede crear malentendidos dolorosos.

Me ha pasado más de una vez: reaccionar con frialdad cuando en realidad la otra persona solo estaba cansada, o sentirme atacado cuando en realidad alguien solo intentaba acercarse. Reconocer esto no es fácil. Es mirar hacia adentro y aceptar que mi percepción a veces me juega malas pasadas.

Pero también es una oportunidad para sanar. Porque aprender a confiar de nuevo en uno mismo, en los otros, en la seguridad del presente es posible.Hoy, todavía tengo ese detector. No se ha ido. Pero ahora lo escucho con más sabiduría.

Ya no salto al primer pitido. Me doy un momento, respiro, observo… y me pregunto: ¿Esto es una amenaza real, o es mi herida hablando? La diferencia entre reaccionar desde el trauma y responder desde la conciencia es sutil, pero transforma completamente nuestras relaciones y nuestra forma de estar en el mundo.

Si tú también vives con ese detector de humo interno siempre activo, quiero decirte algo: no estás solo. Y aunque no podamos apagarlo por completo, sí podemos afinarlo. Podemos aprender a confiar en que no todo lo que parece peligroso lo es. Que hay personas con buenas intenciones. Que el mundo no siempre está en contra nuestra. Aprender a vivir sin sobresaltos innecesarios es también un acto de amor propio. Y merece todo nuestro esfuerzo.

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