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Cuando quienes deben educar fallan

Una alerta sobre el acoso dentro del sistema educativo

Hace poco vi un vídeo en el que un profesor relataba una experiencia profundamente preocupante en la escuela donde trabajaba. Según explicaba, estaba siendo víctima de acoso laboral por parte de sus propios compañeros. Lo más grave de su testimonio no era solo el conflicto en sí, sino quién lo ejercía: la propia dirección del centro. El docente contaba que la directora le gritaba, lo trataba de forma despectiva y generaba un ambiente de humillación constante.

Este tipo de situaciones obliga a hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué está ocurriendo dentro del sistema educativo cuando quienes deberían garantizar un entorno seguro y respetuoso terminan reproduciendo dinámicas de abuso?

La escuela suele presentarse como un espacio donde se forman valores, se aprende convivencia y se desarrolla la inteligencia emocional. Sin embargo, cuando dentro de ese mismo entorno aparecen comportamientos autoritarios, humillantes o abusivos entre profesionales, el mensaje que se transmite es contradictorio. Si quienes tienen la responsabilidad de educar no son capaces de relacionarse desde el respeto, difícilmente podrán enseñar a los alumnos a hacerlo.

También es importante reconocer una realidad incómoda: el problema no es exclusivo del ámbito educativo. En muchos sectores, ya sea el social, el sanitario o cualquier otro, existen profesionales cuya formación académica no se refleja en su comportamiento cotidiano. Tener títulos o haber pasado años estudiando no garantiza automáticamente empatía, ética profesional ni capacidad para tratar a otros con dignidad.

En demasiadas ocasiones se normalizan actitudes tóxicas dentro del trabajo: gritos, desprecio, abuso de poder o silencios cómplices de quienes prefieren no intervenir. Algunos profesionales parecen limitarse a cumplir con lo mínimo necesario para cobrar su salario a final de mes, olvidando que su trabajo implica responsabilidad humana hacia los demás.

Por eso este tipo de testimonios deberían entenderse como una señal de alerta. No solo porque afectan a quienes sufren directamente estas situaciones, sino porque deterioran la cultura de las instituciones y, en el caso de la educación, impactan indirectamente en los estudiantes. Un entorno laboral basado en el miedo o la descalificación difícilmente puede sostener un proyecto educativo saludable.

Hablar de estos problemas no es atacar al sistema educativo; es exigir que esté a la altura de su propia misión. Educar no es solo transmitir conocimientos, también es demostrar con el ejemplo cómo deben construirse relaciones basadas en el respeto, la responsabilidad y la empatía. Cuando quienes ocupan posiciones de autoridad olvidan esto, el daño va mucho más allá de un conflicto laboral: se erosiona la credibilidad misma de la institución que debería formar a las futuras generaciones.

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