El deseo de semejarse a Dios

Me cuesta aceptar que seamos imagen y semejanza de Dios. No es un gesto militante contra la fe ni una adhesión automática al ateísmo.
Al contrario, parto de la convicción de que el ser humano es radicalmente libre, libre incluso para creer o no creer, sin que una esencia previa lo capture ni le dicte el sentido de su existencia.
La doctrina de la semejanza divina me parece, más bien, un velo. Una forma elegante de encubrir la contingencia brutal de estar aquí, ahora, sin garantías.
Cuando algunos rechazan nuestro origen evolutivo, esa filiación animal que la biología expone sin dramatismos, no lo hacen por amor al rigor científico. Lo hacen por orgullo. Por miedo a reconocerse en lo otro, en lo no humano, en lo que no encaja con la fantasía de excepción. Al despreciar al ancestro común, se elevan a sí mismos como criaturas aparte, ungidas, y así protegen un individualismo que rompe la continuidad de la vida y justifica la desigualdad.
Pero mi objeción no se detiene ahí. Desciende más hondo, hasta el terreno incómodo de nuestra crueldad cotidiana. ¿Cómo sostener un parentesco privilegiado con lo divino frente al espectáculo persistente de la inhumanidad? El egoísmo normalizado, las jerarquías construidas sobre la raza, el sexo o el deseo, la condena moral de la homosexualidad, la patologización de la transexualidad, todo eso no parece un desliz ocasional, sino un patrón.
Si fuéramos reflejo de una bondad creadora, el mal no sería un simple accidente: sería una grieta estructural, una negación viva de esa supuesta semejanza.

Aquí es donde la pregunta se vuelve insoportable. ¿Es Dios el espejo que nos dignifica o la coartada que usamos para no asumir lo que somos capaces de hacer? Tal vez el problema no sea la ausencia de lo divino, sino su invocación constante para excusar la violencia, la exclusión y el desprecio.
Por eso me reconozco más cerca de la idea de que la existencia viene antes que cualquier esencia. No hay una naturaleza moral inscrita en nosotros de antemano.
Estamos arrojados a un mundo sin guion, obligados a elegir y a cargar con el peso de esas elecciones. La dignidad humana no desciende de ningún cielo: se construye, o se pierde, en cada acto. En asumir que nada nos salva de nosotros mismos, y que precisamente ahí, sin amparo metafísico, comienza la responsabilidad real.
Pero no pretendo abrir un debate estéril aquí sobre si el hombre desciende del mono o fue creado por Dios; esa es otra discusión, ajena a mi propósito.
Lo que me niego a aceptar, como eje de esta reflexión, es que personas que se proclaman tan religiosas sean capaces de odiar lo diferente con tal impunidad: erigiéndose en jueces absolutos, decretando que solo una raza es digna de existir, que el mal siempre mana del opuesto, del extraño.
Esa intolerancia, envuelta en fervor teológico, no es fe auténtica, sino la fractura irremediable de su supuesta universalidad: una piedad que excluye se reduce a ídolo de la propia superioridad, traicionando cualquier pretensión de divinidad compartida.