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Mirar Nuestro Propio Dolor con Honestidad

Vivimos en una cultura que fomenta la evasión del dolor emocional a través de múltiples mecanismos de distracción: el exceso de trabajo, la sobreexposición a redes sociales, las relaciones superficiales o incluso un optimismo forzado que excluye la tristeza. Desde la psicología, esta tendencia se asocia con la evitación experiencial (Hayes et al., 1996), un patrón que no elimina el sufrimiento, sino que lo oculta, reapareciendo después bajo formas indirectas como ansiedad, ira, apatía o actitudes agresivas hacia otros.

Mirar de frente nuestro malestar requiere valentía. Implica practicar la conciencia plena o mindfulness (Kabat-Zinn, 1990), es decir, observar con honestidad lo que experimentamos internamente sin juzgarlo. Este gesto no es un acto de victimización ni de autocompasión exagerada, sino el reconocimiento genuino de nuestras emociones y heridas emocionales. Como señalaba Carl Rogers, solo a través de la aceptación incondicional de nosotros mismos es posible abrir la puerta a un verdadero cambio.

El dolor no elaborado puede transformarse en agresión.

Cuando el dolor no se procesa adecuadamente, puede transformarse en agresión. Aceptarlo no implica su desaparición inmediata, sino el inicio de un proceso terapéutico de regulación emocional (Gross, 1998), que permite disminuir la disonancia interna y fomentar una relación más compasiva con uno mismo.Gross, 1998). Esta aceptación disminuye la disonancia interna y fortalece una relación más compasiva con nuestro propio ser, lo que la psicología positiva describe como autoempatía (Neff, 2003). Reconocer vulnerabilidades y limitaciones nos permite responder con amabilidad y consciencia en lugar de reaccionar de manera impulsiva.

Bajo esta mirada, el sufrimiento se convierte en un mensaje adaptativo: una señal que nos invita a atender aspectos descuidados de nuestro bienestar. Cuando asumimos esta responsabilidad interna, dejamos de proyectar en los demás nuestro malestar, reduciendo los conflictos y promoviendo relaciones más auténticas y saludables.

 El verdadero crecimiento personal no reside en acumular logros externos ni en mantener una aparente felicidad permanente, sino en la capacidad de abrazar nuestra vulnerabilidad. Como destaca Brené Brown (2012), es precisamente en ese acto donde se fundamenta la valentía y la autenticidad. Al desprendernos de máscaras sociales, podemos vivir con mayor congruencia, profundidad y libertad interior.

No obstante, cuando alguien no logra procesar su sufrimiento, frustración o vacío existencial, puede canalizarlo en conductas destructivas. Hacer daño se convierte en un modo distorsionado de obtener desahogo o una falsa sensación de control, como si dijeran inconscientemente: “Si yo sufro, que otros también sufran”. Esto se manifiesta en distintos niveles: en lo cotidiano (burlas, humillaciones, maltrato emocional), en dinámicas sociales (bullying, exclusión) o en lo íntimo (saboteo de relaciones por miedo a la vulnerabilidad).

He conocido personas que actuaban de esta manera. Me sorprendía la forma en que manipulaban situaciones: mostraban crueldad hacia quienes percibían como más débiles y, al mismo tiempo, se victimizaron cuando eran cuestionadas. Con el tiempo comprendí que, en realidad, buscaban distraerse de su propio dolor dañando a otros.

En estos casos, imponer límites es esencial. No siempre es fácil, pero resulta necesario para protegernos. Alejarse de quienes nos hieren es como dejar de alimentar a un parásito que se nutre de nuestra energía. Al cortar ese suministro, recuperamos nuestra fuerza vital. Quienes difaman, desvalorizan logros ajenos o fingen sonrisas mientras intentan controlar y reducir a los demás, en realidad se debilitan interiormente. Alegrarse del dolor ajeno nunca nos hace más fuertes; al contrario, nos desconecta de la paz y nos recluye en la mediocridad.

La verdadera fortaleza no está en el ataque ni en la manipulación. Reside en reconocer y sostener nuestro propio dolor, mirarlo con honestidad y aprender a sanar desde dentro. Solo entonces podemos construir vínculos auténticos, proteger nuestra integridad y mantenernos firmes frente a la crueldad externa.

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