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¿Por qué convertimos a los crueles en ejemplos y a las víctimas en verdugos?

En nuestra sociedad, no es raro que personas crueles sean admiradas como modelos a seguir, mientras que las víctimas terminan siendo señaladas como verdugos. Este fenómeno, que a primera vista parece contradictorio, tiene raíces complejas en la interacción entre el individuo y su entorno cultural, psicológico y social.

El atractivo de la crueldad: dominio y deshumanización

La crueldad humana puede ir acompañada de sensaciones intensas de poder y placer. Por ejemplo, estudios en psicología han identificado que el sadismo no se basa tanto en causar dolor, sino en la experiencia de control y superioridad que esto genera. Jean-Paul Sartre describió al sádico como alguien que se sitúa por encima del otro, transgrediendo sus límites, y que encuentra en la humillación una forma de afirmar su propio valor.

Este proceso se refuerza mediante la deshumanización: cuando una persona viola normas sociales, tendemos a percibirla como menos humana, lo que facilita justificar su castigo o desprecio. Así, figuras que ejercen crueldad pueden ser vistas como símbolos de fuerza y determinación. Por ejemplo, dictadores, policías y líderes autoritarios suelen ser admirados en ciertos contextos por su capacidad de “imponer orden”, aunque sus métodos sean violentos.

No obstante, esta admiración con frecuencia es peligrosa, ya que se justifica el daño a otros bajo la idea de un “bien mayor” o una “virtud superior”. Nietzsche advirtió sobre esta dinámica, y hoy la neurociencia confirma que tales prácticas dañan profundamente la salud mental colectiva.

La víctima-verdugo: inversión de roles y proyección

Un fenómeno frecuente es la inversión de roles, donde la víctima termina siendo percibida como agresora o verdugo. Esto ocurre porque la sociedad busca respuestas claras y culpables ante el sufrimiento. Las víctimas que resisten denuncian o simplemente sobreviven desafían el estereotipo de pasividad que se espera de ellas, y su resistencia puede ser malinterpretada como amenaza o agresión.

Por ejemplo, hace poco he visto una noticia en la televisión de una joven que sufría acoso escolar en su escuela, intentó hacer público su problema buscando ayuda y justicia. En lugar de recibir apoyo, la institución quiso sancionarla, castigando a la víctima en lugar de protegerla.

 Este caso ejemplifica cómo muchas víctimas deben permanecer en silencio frente a la difamación y el maltrato, mientras los agresores, convencidos de su propia justicia, se posicionan como víctimas y cuentan con el apoyo de quienes justifican la crueldad con frases como: -Tú no tienes la culpa.

En el plano psicológico, la teoría de la proyección indica que algunas personas que han sido dañadas pueden canalizar su agresión interna hacia otros, perpetuando así el ciclo de violencia.

Sin embargo, es importante aclarar que no todas las víctimas se convierten en agresores, ni todos los agresores han sido víctimas. La personalidad, el contexto cultural y social, y las creencias sobre poder y justicia influyen decisivamente en estas dinámicas.

La cultura del “ejemplo” y el peligro de la simplificación

Muchas culturas valoran el sufrimiento y la dureza como caminos hacia la resiliencia o el éxito. Durante mi infancia y adolescencia, crecí dentro de una religión que me enseñaba que el sufrimiento era una virtud y que, al aceptarlo, heredaría la vida eterna. Con el tiempo entendí que esta forma de pensar, compartida por millones de personas en distintos contextos, puede llevar a idealizar la crueldad y a considerar que la “mano dura” es sinónimo de fortaleza o de un liderazgo legítimo.

Esta creencia, profundamente arraigada, no solo influye en la manera en que interpretamos nuestras propias experiencias, sino también en cómo juzgamos a los demás. Puede hacernos normalizar abusos, justificar decisiones autoritarias e incluso aceptar que el dolor es una prueba necesaria para alcanzar metas, cuando en realidad podría ser una señal de que algo no está bien.

Al mismo tiempo, las víctimas que no se ajustan al papel esperado de sumisión pueden ser vistas como disruptor del orden, y etiquetadas injustamente como nuevas agresoras.

Los discursos que glorifican la dureza y el castigo contribuyen a perpetuar la violencia y distorsionan la percepción pública sobre lo que es justo y ético. Por el contrario, la evidencia científica demuestra que la compasión y la empatía son pilares fundamentales para el bienestar y la salud mental a largo plazo.

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