
Estoy terminando el grado de Pedagogía en la UNIR y, al mirar hacia atrás, me pregunto qué habría ocurrido si hubiera escuchado a quienes me aconsejaban dejar los estudios. Hoy valoro haber continuado. No solo porque estoy cerca de alcanzar una meta, sino porque la experiencia me ha hecho pensar en algo más profundo: hasta qué punto nuestras decisiones deben estar determinadas por las expectativas o los límites que otros proyectan sobre nosotros. Me han convalidado muchas asignaturas y, por ello, podré completar el grado en un año en lugar de cuatro. Solo me quedan las asignaturas obligatorias.
Esta cuestión de la educación me lleva también a una reflexión que surgió en clase. Hablábamos sobre el plan de convivencia en el patio y la profesora planteó que, además de quienes sufren el acoso, también deberíamos considerar víctimas a los niños que acosan. Su planteamiento parecía partir de la posibilidad de que algunos de ellos sufran violencia o abandono en su entorno familiar.
La idea me hizo pensar en una distinción que considero fundamental: comprender no es lo mismo que justificar. Conocer las circunstancias que pueden haber llevado a un niño a ejercer violencia puede ayudarnos a comprender su conducta y, quizá, a intervenir sobre sus causas. Pero ¿hasta qué punto el sufrimiento de quien causa daño modifica nuestra valoración del daño que ha causado?
Esta cuestión adquiere para mí un significado particular porque yo también he sufrido acoso. Y quizá por eso me cuesta aceptar determinadas formas de entender la figura del agresor. He conocido situaciones en las que quienes ejercieron violencia psicológica sobre otras personas siguen considerándose a sí mismos personas buenas. Incluso pueden llegar a justificar lo ocurrido, reinterpretarlo o convencer a los demás de que la persona que sufrió el daño era, en realidad, quien lo merecía.
Aquí aparece otra cuestión que me parece todavía más incómoda:
¿Qué ocurre cuando una persona necesita mantener una imagen de sí misma como «buena persona» hasta el punto de negar el daño que ha causado?
No creo que la bondad pueda definirse únicamente por la imagen que alguien tiene de sí mismo o por la que consigue transmitir a los demás. Si una persona ejerce violencia, la reconoce como una forma legítima de poder y después intenta justificarla, considero que no basta con que se presente como alguien bondadoso para borrar esa responsabilidad.
También me parece peligroso utilizar el sufrimiento pasado como una explicación universal de las conductas presentes. Una persona puede haber sido víctima y, posteriormente, convertirse en agresora. Ambas realidades pueden coexistir. Pero haber sufrido daño no concede un derecho a producirlo en otros.
Por eso, cuando se afirma que también debemos considerar víctima al agresor, creo que deberíamos preguntarnos exactamente qué queremos decir. Si significa que debemos conocer su historia, comprender sus circunstancias y tratar de evitar que continúe reproduciendo la violencia, puedo entenderlo. Pero si significa que su condición de posible víctima debe diluir su responsabilidad por el daño que causa, entonces tengo serias dudas.
Entonces, podemos decir que debemos comprender a un psicópata y tratar de entender por qué actúa como actúa, pero ¿significa eso que sus actos dejan de ser responsabilidad suya? Comprender el origen de una conducta no convierte en aceptable el daño que esa persona decide causar.
Tal vez la verdadera dificultad educativa consista precisamente en no caer en ninguno de los dos extremos: ni reducir al agresor a una persona malvada sin preguntarnos qué ha ocurrido en su historia, ni convertir sus circunstancias en una justificación de sus actos.
Con el tiempo también he tenido que aprender algo que no aparece en ningún plan de estudios: aprender a decir no, establecer límites y alejarme de las personas que utilizan la manipulación, la violencia psicológica o una apariencia de bondad para ejercer poder sobre los demás.
Quizá educar también consista en esto: comprender que nuestras heridas pueden explicar parte de lo que hacemos, pero no determinan aquello que estamos autorizados a hacer a los demás. Podemos ser víctimas de lo que otros nos hicieron y, al mismo tiempo, ser responsables de no convertir ese daño en una razón para dañar a otros. Sin embargo, la realidad es que existen víctimas que eventualmente se convierten en agresores, a veces de manera pasiva, manifestando una crueldad que se oculta tras una fachada de bondad.