Un paso esencial para sanar

Últimamente estoy viendo una serie que me tiene completamente atrapado: The Sinner. En su primera temporada, una mujer comete un asesinato brutal en público… y lo más impactante es que no sabe por qué lo hizo.
A lo largo de la trama, se van desvelando traumas de infancia, abusos, recuerdos reprimidos y cómo un detonante puede despertar de golpe todo ese dolor enterrado. Mientras la veía, no podía evitar pensar en lo mucho que esto refleja lo que ocurre en la vida real: el trauma severo puede provocar amnesia disociativa, un mecanismo de defensa en el que la mente bloquea recuerdos insoportables para poder sobrevivir. Pero, cuando algo los activa, la reacción puede ser tan intensa como incontrolable.
Esa conexión entre mente y cuerpo es lo que más me ha hecho reflexionar. Porque sanar no es solo un proceso mental: es aprender a habitar nuestro cuerpo otra vez. Vivir con miedo significa vivir en un cuerpo en constante alerta; vivir con ira es cargar con músculos tensos y gestos rígidos.
Quienes han sufrido abusos o maltrato en la infancia suelen arrastrar una postura defensiva incluso años después, hasta que encuentran un espacio seguro para relajarse.
Quienes han sufrido abusos o maltrato en la infancia suelen arrastrar una postura defensiva incluso años después, hasta que encuentran un espacio seguro para relajarse. Esta tensión no solo se refleja en la forma de caminar o sentarse, sino también en su vida íntima. Al inicio de una relación sexual, muchas personas que han vivido este tipo de experiencias sienten que su cuerpo “se bloquea” o reacciona con ansiedad.
No es falta de deseo, sino que el contacto físico puede activar recuerdos y sensaciones asociadas al trauma, haciendo que, sin querer, revivan momentos dolorosos. Esto puede generar confusión tanto en quien lo experimenta como en su pareja. Por eso, es fundamental que la intimidad se construya con paciencia, comunicación y respeto, para que el cuerpo aprenda de nuevo que el contacto puede ser seguro y placentero.
En mi experiencia, la recuperación comienza cuando aprendemos a escuchar las señales físicas que nos envía el cuerpo. No hablo solo de emociones como tristeza o ansiedad, sino de sensaciones puras: un nudo en la garganta, calor repentino en la cara, presión en el pecho, vacío en el estómago… señales que, aunque pequeñas, son como huellas del pasado en nuestra piel.
El contacto humano sigue siendo uno de los calmantes más poderosos que tenemos. Sin embargo, para alguien que ha sido agredido física o sexualmente, tocar o ser tocado puede ser un anhelo y una amenaza a la vez. Reeducar al cuerpo para volver a sentir seguridad y placer en la cercanía física es parte del camino de vuelta a uno mismo.
Como en la historia de The Sinner, el pasado no siempre desaparece: a veces, está escondido, esperando un momento para salir a la luz. Pero, con paciencia y escucha, es posible enfrentarlo sin que nos destruya. Poco a poco, incluso quienes han estado desconectados de sí mismos pueden unir las piezas entre lo que sienten físicamente y lo que ocurre en su interior. Y ahí, en ese punto, es cuando empieza la verdadera reconexión.