
Estamos viviendo momentos en que el autodiagnóstico está creciendo mucho a causa de las redes sociales, lo que lleva a algunos a buscarse respuestas muchas veces equivocadas sobre los problemas emocionales que sienten. Hay una gran confusión con relación al trastorno, ya que el TDAH es un trastorno de neurodesarrollo y no de aprendizaje, lo que lleva a la mayoría a creer que solo porque posee alguna dificultad en la escuela con alguna materia ya es motivo para diagnosticarse.
Estamos viviendo momentos en que el autodiagnóstico está creciendo mucho a causa de las redes sociales, lo que lleva a algunos a buscarse respuestas muchas veces equivocadas sobre los problemas emocionales que sienten. Hay una gran confusión con relación al trastorno, ya que el TDAH es un trastorno de neurodesarrollo y no de aprendizaje, lo que lleva a la mayoría a creer que solo porque posee alguna dificultad en la escuela con alguna materia ya es motivo para diagnosticarse.
En los últimos años se ha hablado mucho más del trastorno por déficit de atención e hiperactividad, y eso ha sido positivo para quitarle estigma. Pero el péndulo se ha ido al otro extremo: ahora parece que cualquier despiste, cualquier momento de inquietud o cualquier dificultad para encajar en el ritmo escolar o laboral se convierte automáticamente en TDAH. Y ahí es donde empiezan los problemas.
De hecho, estudios recientes llevados a cabo por psiquiatras norteamericanos han demostrado que el 34 % de los diagnósticos de TDAH son incorrectos. Como destaca el neurólogo Diego García-Borreguero, esta situación de sobrediagnóstico se debe a que «los sistemas actuales para diagnosticar el TDAH se basan exclusivamente en la historia clínica aportada por los padres, familiares y educadores, así como en la evaluación del mismo paciente, lo que lleva siempre asociado un cierto grado de subjetividad, tanto por parte de los informantes como de los evaluadores».
Estuve leyendo algunas noticias de personas que fueron diagnosticadas y después han descubierto que no padecían TDAH; el verdadero problema es el riesgo de medicar erróneamente y causar daños severos. Hace unos 20 años, viviendo en Madrid, fui con mi exmarido a buscar un psiquiatra porque no sabía qué me estaba pasando; aún arrastraba traumas de infancia y recuerdos que no me dejaban avanzar.
Empezaron a probar conmigo bajo la sospecha de que tenía TDAH y me recetaron Concerta. Eso me llevó a sufrir graves efectos secundarios, como cefalea y paranoia. Cuando percibieron que este no era el diagnóstico correcto, retiraron el medicamento, pero el daño ya estaba hecho: pasé mal durante más de un mes, con visitas constantes a urgencias con dolores de cabeza tan fuertes.
El gran riesgo de un diagnóstico precipitado es que reduce la complejidad de una persona a una simple etiqueta clínica. Con demasiada frecuencia se confunden la inquietud natural, la curiosidad insaciable o el profundo aburrimiento ante un sistema educativo rígido y monótono con un trastorno.
Un estudiante que desconecta en el aula no necesariamente padece una patología; a menudo lo que ocurre es que el entorno no le ofrece los estímulos adecuados, o quizás está cargando con un momento de estrés familiar, problemas de sueño o una ansiedad silenciosa en la que nadie se ha detenido a indagar con la paciencia necesaria.
Cuando se cuelga una etiqueta a la ligera, el entorno cambia de mirada. Los profesores, la familia e incluso la propia persona empiezan a verlo todo a través de ese filtro. Se activa una especie de profecía autocumplida donde el comportamiento se amolda a lo que el papel dice que hay que esperar.
Hacer las cosas bien exige tiempo. Implica observar a la persona en sus distintos entornos: en casa, en la escuela, en el día a día; descartar otras mil cosas que pueden estar generando los mismos síntomas y, sobre todo, entender que una dificultad de atención no es un defecto de carácter ni un fallo de fábrica que hay que corregir con prisas.
Quizás un diagnóstico pueda ser un alivio para quienes buscan comprender qué les pasa; sin embargo, no debemos olvidar las graves consecuencias por las que un paciente puede llegar a pasar cuando se cometen estos errores. Las dificultades de aprendizaje y de atención son llamadas de atención que merecen que nos detengamos a escucharlas con calma, profundidad y respeto, huyendo de las soluciones exprés que buscan simplificar lo que en realidad es humano.