
Ella caminaba descalza entre el carbón encendido,
disimulando el dolor que quemaba su alma.
Sus lágrimas, cuando caían al suelo,
le traían alivio.
El fuego mordía su carne, pero el dolor era viejo…
y lo ocultaba con la gracia de los condenados.
Y por un instante, solo uno,
por las noches, Morfeo la abrazaba en calma.
El sendero que pisaba había sido marcado por Thlípsi,
esa sombra que susurra en las grietas del espíritu,
la que enseña a danzar sobre ruinas,
a no claudicar ante las piedras que se tornan abismos.
Ella entonaba un cántico que seducía a todos los que escuchaban,
uno que nacía en lenguas antiguas,
invocando a los muertos que la velaban.
Su voz, doliente y sagrada,
resonaba entre las tumbas del mundo,
como un eco eterno de resistencia
en la penumbra.
Escrito por : Robson Marins